La comunidad de Calingasta y toda la provincia despiden con profundo dolor al doctor César Douglas Sánchez. Su paso por El Impenetrable, su calidez humana y un legado que trascendió los consultorios.

Hay profesionales que pasan por la vida dejando recetas, y están aquellos pocos que dejan huella en el alma de la gente. El doctor César Douglas Sánchez, cariñosamente conocido por todos como “Piova”, pertenecía indiscutiblemente a esta última estirpe. Su fallecimiento, tras dar batalla a complicaciones de salud que motivaron su traslado urgente a la ciudad de San Juan, sacudió profundamente a Calingasta, Barreal y a cada rincón donde su vocación supo tender puentes de amor y sanación.
Días atrás, cuando la salud del médico pendía de un hilo, el pueblo sanjuanino demostró que el amor que él sembró volvía en forma de refugio: una masiva cadena de oración y una gran movilización solidaria en el Hospital de Barreal —donde vecinos y allegados respondieron al llamado para donar sangre— abrazaron a su familia en el momento más difícil. Hoy, esa misma comunidad lo llora, pero sobre todo, lo agradece.

Un guardián de la salud en los lugares olvidados
Graduado en la Universidad Nacional de Córdoba en 1985, “Piova” entendió desde el primer día que la medicina no era solo una profesión, sino un acto de profunda justicia social.
Junto a su compañera de vida y de ruta, la también médica Mercedes Muñoz, caminó los suelos más desafiantes del país. Juntos se internaron en El Impenetrable chaqueño para asistir a comunidades originarias, llevando alivio médico pero, por sobre todas las cosas, dignidad, respeto y escucha a quienes tantas veces el sistema invisibiliza. Años más tarde, el destino y su vocación los llevarían a radicarse en Claromecó, donde el doctor Sánchez volvió a ganarse el corazón de los vecinos con esa humildad inquebrantable que lo caracterizaba.

El latido de una guitarra
Pero hablar de “Piova” es hablar también de arte, de amistad y de folklore. Fuera del estetoscopio y el guardapolvo, su refugio era el diapasón de una guitarra.
Durante años, su música fue alma y pulso de incontables peñas cuyanas y del norte argentino. Compartió escenarios, vino, zambas y chacareras con cultores de la cultura popular, entendiendo que la música era otra forma de sanar, de estrechar manos y de hermanar a los pueblos. No abandonó ese amor ni siquiera en sus últimos tiempos, demostrando que su espíritu sensible lo acompañó hasta el último suspiro.
Hoy San Juan despide a un médico rural de los que ya no quedan, a un músico de fogón, a un ser humano luminoso. Desde Sanjuanino Digital abrazamos fuerte a su familia, a sus amigos y a toda la comunidad calingastina.
Buen viaje, doctor. Que suene fuerte esa guitarra en el cielo, que aquí su memoria ya es leyenda.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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